El infinito interior de los objetos
Texto curatorial de El peso de la ingravidez
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Todo salvo el vacío. No. el vacío también. Impeorable vacío. Nunca menos. Nunca más.
Samuel Beckett, Rumbo a Peor


Uno de los deseos más recurrentes en los seres humanos es el de poder manipular el tiempo, volver el tiempo atrás, poder detenerlo o poder avanzar y ver el futuro. Cuando soñamos, encontramos que el tiempo se comporta de una manera extraña. A veces tenemos una especie de conciencia que nos permite determinar que lo que está sucediendo es un sueño, entonces comenzamos a jugar con eso. Lo usamos a nuestro favor para obtener respuestas.

Sabemos también que si saltamos de una ventana no caeremos, que si queremos arrojar algo a distancia, nuestra fuerza será nula. Las leyes de la gravedad son irrespetadas por los objetos de la realidad onírica. Estos pueden tener un increíble peso o no tenerlo en absoluto. Al despertar traemos con nosotros muchas preguntas y breves escenarios, pistas de un mundo extraño para “controlar” el incontrolable mundo real y su tiempo.

En El peso de la ingravidez, todo esto se conjuga. El tiempo detenido, la gravidez irreal de los objetos, un escenario de sueño con intriga y misterio. Cada objeto es un actor y una pista de intimidad develada (derramada), pero en un idioma secreto. Entramos en un clima de perseguidores de una respuesta, en un escenario de susurros.

Nos recuerda un poco a Alicia en el país de las maravillas, las situaciones irreales, las dimensiones extrañas de las cosas y el insólito transcurrir de las horas. El artista nos permite ingresar a una ficción individual, a un escenario con reglas físicas inusuales. Engranajes secretos sostienen los objetos, la historia está latente. La experiencia en algún punto puede tener el tono de un sueño. La sinrazón va invadiendo los espacios. Para llegar a la esencia será necesario invertir el orden de las cosas, entrar en la coherencia de la incoherencia.

Los objetos elegidos hacen una especie de clan secreto. Una mesita de luz, cofre de talismanes, necesarios para navegar la noche. Un reloj con la hora indescifrable. Una cama, perfectamente armada. Una cama que ha sido vivida, en el tiempo otro y que ha guardado por igual; lágrimas, miedos y deseos, que son la huella entera de los días de una persona. O quizás se trate de una cama que espera …

Cajones abiertos, cajas cerradas, llaves y el tiempo congelado en un despiece minucioso y quieto. ¿Será la cama de un relojero que da cuerda a ese escenario? ¿Es el artista ese relojero o ha entrado a hurtadillas en la noche para congelar un momento y el secreto se ha escapado? El equilibrio íntimo fue descorazonado, el motor del tesoro fue abierto y mantiene en un último halito, las cosas fijas en su lugar, evitando lo ya casi inevitable.

Siento luego recuerdo que existo, parece entonces ser la síntesis más adecuada para la obra de Ezequiel Montero Swinnen. Todo lo que nos pone en crisis advierte la venidera revelación, eso nos abisma y el deseo de respuesta nos empuja. El agua puede caer y ser lluvia o seremos nosotros los que hemos sido expulsados de esa realidad, expulsados a la ordinaria vida, donde todo sucede de la manera que ha sucedido siempre.
Donde no hay magia.

Como en los sueños, se pasa de un escenario a otro con más preguntas que respuestas, pero sabiendo que algo se viene con nosotros, que de la experiencia no se sale igual. Un fraseo dulce, mantra de los sentimientos de un pasado resuena en nuestros oídos como un eterno presente, que asienta la espera de lo que no vendrá, pero no podemos dejar de esperar. Un ciclo invertido de agua devenida en lluvia, lo lleno y lo vacío frente a nosotros.

¿Hemos caído? ¿Hay algo que late o es nuestro propio eco poblando los huecos abiertos?

Una música familiar y ajena, nos llama nuevamente a preguntarnos si la respuesta existe. Si es posible que estemos cayendo. Si es posible que la ingravidez, tenga peso.

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Gimena Castellón Arrieta
Artista visual
para Ramona
Buenos Aires, Abril 2011.